
Hasta hace un lustro la casa ubicada en Hidalgo 22 era una de las muchas viejas residencias de estilo neoclásico civil que felizmente sobreviven en Ixmiquilpan. Sin embargo, la conocida vivienda de don Edmundo Ramírez Rubio y doña Consuelo Guerrero Guerrero, enfrentaba dos graves problemas: se hallaba desocupada abandonada y la mayoría de sus cubiertas estaban a punto del desplome. De hecho, una de sus piezas había sufrido la pérdida parcial de su techo, otra lo tenía incendiado y una tercera era ocupada por un joven nogal y un nopal. Sobra decir que las plantas parásitas y las alimañas –arácnidos, alacranes e incluso serpientes coralillo- se habían enseñoreado de gran parte de los espacios.
Probablemente fincada a finales del siglo XIX o principios del XX, la casa de don Mundito y doña Chelito, como se les aludía con afecto en reconocimiento a su decencia y respetabilidad, se asentaba sobre un predio de 600 metros cuadrados. Tenía cerca de una decena de piezas de diferentes dimensiones: una salita de recepción, un cuarto que por muchos años fue el consultorio del Dr. Cobos; dos recámaras, un dormitorio pequeño, una cocina, un comedor, un patiecito interior con tejado de barro; dos baños menudos y un traspatio con lavadero, pozo artesiano cegado, plantas, gallinero y una mojonera que compartía con la casa de don Leopoldo Sánchez. El traspatio colinda con la ribera del río Tula, del cual sólo podían verse las copas de los ahuehuetes y el paso del agua a medio afluente a través de una ventanita de madera.
El fallecimiento de don Edmundo en 1972 y el de doña Consuelo en 1995 dio ocasión intermitente –en el curso de más de dos décadas- a una reparación parcial del inmueble y a un intento de rehabitación por cuenta de Chelito a mediados de los años 80, el cual terminó sin embargo cuando ésta decidió vivir de manera definitiva con su hijo mayor, el profesor Antonio Ramírez Guerrero, cronista emérito de Ixmiquilpan. En adelante la construcción, aunque dotada con su mobiliario y enseres domésticos originales, se quedó deshabitada para sólo ser visitada con regularidad por el maestro Toño y eventualmente por Edmundo Ramírez Guerrero y su esposa la maestra María Eugenia Martínez Rubio, quienes desde hacía cuatro décadas residían en la ciudad de México.
A principios del actual siglo, Mundito -quien heredó la casa y el afectuoso apocope de su padre- pensó en vender la casa en razón del gran deterioro físico del inmueble, ante la imposibilidad de que él y su esposa pudieran habitarla de manera regular o permanente –sus hijos y nietos son nativos del DF, donde tienen su desarrollo profesional y social. Esta idea, sin embargo, no avanzó mucho porque enfrentó la oposición de la maestra Martínez Rubio, quien deseaba conservarla, rehabilitarla y convertirla en una casa de cultura, un museo familiar o un centro de convivencia social en el que pudieran reunirse familias y grupos de amigos a comer, cenar, tomar el café, escuchar conciertos de música, recitales y aun montar pequeñas representaciones teatrales.
Con base en este proyecto, de un edificio que en otras manos hubiera terminado en la demoledora piqueta de la modernidad arbitraria e ignorante, surgió un recinto arquitectónico en el que muchas cosas antiguas, de valor fundamentalmente cultural y afectivo, hallaron sorprendente conciliación con los nuevos elementos constructivos y ornamentales que aporta la tecnología moderna. Casa Chelito, en efecto, es el resultado de una fórmula de conversión tecnológica y artística en la que su reconstructora, la maestra Martínez Rubio, dio expresión a su creatividad plástica y al gran amor que tuvo por Edmundo Ramírez Jr. y su familia paterna.
La nueva versión de Casa Chelito implicó una reconstrucción casi completa de la vieja residencia decimonónica, toda vez que del casco original sólo supervivió la mayoría de los muros con las jambas y los dinteles primarios de las puertas y ventanas interiores, y la cuadratura inaugural de tres o cuatro piezas. Todo lo demás fue renovado, empezando por la estructura básica o de soporte (castillos y cadenas de metal y mortero), de la cual carecía el edificio, y por los techos de solera que ahora cuentan con viguetas de unicel en lugar de madera. Algunos de los materiales de la edificación primaria, como es el caso de las piedras de río, fueron reutilizados y asociados con los nuevos.
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